By Mackenzie Smith
La admiré.
Realmente la única.
Mientras todas las demás
Le tiraban miradas por su manera de hablar.
Ni un pedacito de inglés.
Su lengua solo era familiar con el sabor de su origen:
Mexicana.
Morena–casi como yo, pero clara.
Baja.
Con trenzas como las mías.
La admiré por su onda,
Ese “cool” que reconocí por dentro de mis propias venas,
Dentro de la sangre africana que siempre llevo conmigo.
Entendí cada palabra que salió de su boca.
Eléctricas.
Como agua pasando por cables.
No conocía su historia pero comprendí su flow.
Aunque no me notó,
Aunque ni siquiera me gastó una vista,
Me dejó con el eco de su favorita palabra:
“…wey”
“…wey”
“…wey”




